Intentemos mirar hacia nuestro futuro mediato porque bien sabemos que está no será la última ocasión en que las epidemias nos visiten. El año 1976 se convirtió en un hito en la historia de la salud mundial en virtud del primer caso de ébola en seres humanos. En tanto, el 2014 quedará también inscrito en ese itinerario histórico  por hechos que han despertado nuestra preocupación, expectación y, seamos francos, miedo, más de lo que generalmente toleran aquellas sociedades que han insistido en no hablar mucho de la muerte.

Todo ocasionado por un virus que, como algunos científicos lo han definido, suele ser un poco de material genético rodeado por problemas.

Miremos históricamente esta sensible cuestión. Como ha sido la tónica de las epidemias infecciosas por siglos, hoy le ha correspondido al ébola irrumpir en nuestra cotidianeidad y poner en jaque nuestras certezas, las cuales en los dos últimos siglos han sido reforzadas por los avances innegables de las ciencias de la salud. Seguridad vital la denominó Norbert Elias. Sin embargo, esta afirmación merece una precisión que suele ser incómoda. Esta sensación de ruptura de la normalidad se acomoda más a la realidad del mundo occidental, donde el desarrollo económico y social, la consolidación de sistemas sanitarios y democracias que garantizan, en teoría, el acceso a la asistencia médica. En África, sabemos que existe un escenario dramáticamente diferente, donde los embates de las enfermedades son parte del devenir y, ciertamente, símbolos vivientes de la inequidad.

Las epidemias duales que conforman la tuberculosis y el VIH-SIDA, junto a la malaria dan vida a un penoso mosaico que, desde hace unas décadas, es el marco de vida de miles de familias de la África subsahariana. Es posible que en este 2014, entre 2 a 3 millones de personas pierdan sus vidas producto de aquellos males. Esta nefasta realidad, la cara biológica de la pobreza, no genera la eclosión noticiosa o tuitera que desde hace unos meses ha despertado la presencia del ébola.  Sin embargo, todas las epidemias infecciosas tienen un auge  y un declive. La actual crisis desatada en el continente africano no será la excepción y es altamente posible que el 2015 sea controlada, a un alto costo humano, por cierto. Por este motivo, es pertinente intentar diseñar escenarios posibles para cuando el ébola deje de ser noticia, pero este brote epidémico permanezca en la memoria. En este sentido, la idea de salud global surge como una idea-guía que cobra relevancia para lo que viene.

La presente emergencia, que se hizo global cuando el virus arribó al primer mundo,  ha desnudado en parte las crudas falencias de un proceso de construcción de una institucionalidad global en salud que se comenzó a construir desde el siglo XIX. La instalación de organismos internacionales como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) o la Organización Mundial de la Salud (OMS) fueron resultado de esas experiencias y la erradicación de la viruela en la década de 1970, enemiga centenaria de la humanidad, es uno de los ejemplos connotados que ofrece esa empresa multinacional de cooperación.  Hoy, en el mes de octubre de 2014, la pérdida de más de 4.000 vidas en Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia es un hecho que nos interpela como sociedad global, tal como dramáticamente lo hicieron el cólera en el siglo XIX, la influenza  en 1918 y el VIH-SIDA a fines de la década de 1970, y por tanto, la globalidad de la salud como perspectiva histórica merece mayor atención en tanto tengamos  conciencia de que nuestras vidas estás más interrelacionadas de lo que habitualmente pensamos o queremos pensar. Por lo tanto, desde cierta perspectiva, quizás algo podamos agradecer a la visita del virus del ébola.

El ascenso de las enfermedades infecciosas a partir del decenio de 1990 ha dejado en claro que la pobreza, los bajos niveles educacionales, la carencia de instituciones sanitaria, la debilidad de varios estados africanos para asumir hacer de la salud un bien social, y, sobre todo, la ambigüedad de las potencias globales para cooperar con los países africanos a fin de superar esas adversidades, han sembrado condiciones ideales para que en las actual el virus se propague y con ello una crisis social y política. No sería la primera vez que las epidemias amplifican las tensiones sociales existentes.

Sin embargo, podemos ser capaces de pensar en el futuro si tomamos conciencia nuestra trayectoria histórica. Es posible que podamos valernos del paso del filovirus por nuestra vida globalizada para adoptar decisiones que nos dispongan para aquello que ha sido un rasgo común en la evolución de las sociedades por siglos, esto es, nuestra convivencia con las epidemias, que de tanto en tanto nos hacen ver que somos más vulnerables de los que generalmente creemos.

En el siglo XXI, debemos reflexionar que a la hora de tomar conciencia de la salud, es imperativo tener presente que todos somos uno. No es una frase publicitaria, sino una forma de asumir nuestra existencia social en medio de un mundo donde corresponde pensar en una nueva noción de frontera, trazada no por soberanías políticas, sino por eventos globales. En efecto, en el debate internacional en curso, por ejemplo, se habla de perfeccionar el concepto de gobernanza de la globalidad en salud, para entregar mejores respuestas, científicas y socioeconómicas, a los próximos episodios epidémicos infecciosos que enfrentaremos. Mientras tanto, para enfrentar la contingencia, la ciencia intenta abrirse paso con el desarrollo de terapias experimentales como el ZmappTKM-ébolaFarivipavirAvi-7537 y dos vacunas experimentales, VSV y adenovirus de monos. Junto a lo anterior, la movilización de personal sanitario para cooperar en los países más afectados de África occidental, como los 165 profesionales cubanos y el personal de médicos sin fronteras, se revelan como esfuerzos admirables, pero a todas luces insuficientes. Los avances de las ciencia médicas pierden relevancia si no son impulsados por un ideario de bien común. Desde hace 200 años podemos constatar este problema  y quienes hayan estudiado la tuberculosis, el cólera, la viruela, la sífilis, entre otras epidemias sociales históricas, podrán hallar sentido a nuestro aserto.

En fin, las enfermedades han modelado nuestras vidas por centurias y este no será el episodio final para verificar esta suerte de constante histórica. Las vidas de miles de hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos de África  y los profesionales de la salud que han apagadas por el ébola merecen que sus muertes no sean en vano. Es un imperativo ético, aunque suene fácil escribirlo.

Hace unos pocos días, Juan Gervas, un médico español a quien sugerimos escuchar y leer, afirmó una serie de cuestiones básicas sobre esta epidemia, de las cuales rescatamos dos. Una, no debemos hacernos muchas ilusiones con la vacuna que se ha anunciado, porque la pobreza es la causa de fondo;  y la otra es que el ébola no es un asunto local, sino que mundial. En esa línea, sostenemos que la salud global es aún un valor social esencial para nuestra convivencia  y en los siguientes meses el ébola nos seguirá recordando este rasgo de nuestra existencia.

 


Marcelo López Campillay es Doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica e Instructor Adjunto del Programa de Estudios Médico Humanísticos de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Su línea de investigación aborda la historia de la salud y la enfermedad, siendo su tema principal el estudio de la tuberculosis. Publica el año 2015 “Medicina, política y bien común: 40 años de historia del Programa de Control de la Tuberculosis 1973-2013”, primer libro de la serie “Hitos de la Salud Pública en Chile”, de la Unidad de Patrimonio Cultural de la Salud del Ministerio de Salud.

 

PDF: Después del ébola, la salud global.

 

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