La presente columna nace del interés por contribuir a esclarecer un hito de la historia de la salud pública chilena del siglo XX, cuyo principal testimonio es el vestigio de una construcción inconclusa que hasta el día de hoy yace al interior de San Fernando. Hablamos del Sanatorio para tuberculosos de Termas del Flaco cuyos antecedentes pretendemos exponer resumidamente.

Como muchos de los avances de la salubridad nacional en el siglo XX, el proyecto en cuestión respondió a un fenómeno de carácter global que se desarrolló en torno a una de las principales epidemias sociales de la modernidad, la tuberculosis pulmonar. En efecto,  la construcción de sanatorios para tuberculosos en Chile fue parte de una historia que se desarrolló en América y Europa desde el siglo XIX y que es conocida como movimiento sanatorial. La idea central de este modelo de tratamiento para la tuberculosis, antecesora de la era de los antibióticos, consistió básicamente en aplicación de una dieta y un programa de descanso regulados que, teóricamente, brindaba las personas afectadas por una tuberculosis  temprana tenía la posibilidad de recuperarse. Así lo habían demostrado los precursores del método, Hermann Brehmer y su pupilo Peter Dettweiler en la segunda mitad del siglo XIX europeo. No ocurría lo mismo con las personas que experimentaban infección avanzada en sus pulmones, para quienes no había posibilidades terapéuticas y solo la muerte era su destino final.

El emplazamiento de los sanatorios fue objeto de varias discusiones puesto que se buscó establecer un modelo ideal. Hacia comienzo del siglo XX, existían ciertos consensos: 1) podían instalarse en llanuras o montaña, pero no a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar; 2) debían estar alejados de las zonas urbanas, pero a suficiente distancia para que los pacientes y las familias tuvieran contacto regular, el personal que cumplía labores médicas pudiera desplazarse entre el establecimiento y la ciudad, y el sanatorio pudiera contar con los suministros necesarios: 3) se debía privilegiar un clima templado, con buena radiación solar y sin excesos de vientos, para que reposo de los pacientes fuese efectivos.

En nuestro país los sanatorios comenzaron a adoptarse en propiedad entre 1900 y 1920, principalmente en las provincias de Aconcagua, Valparaíso y Santiago, las zonas que concentraron mayor cantidad de población tuberculosa. Los primeros establecimientos (Los Andes, Peñablanca, San José) fueron resultado de la iniciativa de benefactores y benefactoras, como Juana Ross. En la década de 1920, un momento clave en la institucionalización de cambios relevantes en la salud pública y en la seguridad social de nuestro país, el Estado se sumó directamente al movimiento sanatorial en el año 1929 al financiar directamente el primer plan científico antituberculoso, que contempló entre otras medidas la construcción de sanatorios. De esta iniciativa nacieron, el Hospital Sanatorio para Tuberculosos El Peral (actual hospital Sótero del Río) ubicado en Santiago, inaugurado en 1938, y los sanatorios de Putaendo y Valparaíso (Las Zorras), abiertos en 1941. Fue el primer paso para combatir con una herramienta moderna la principal enfermedad social que afectaba al país, y, en particular, a las clases sociales más vulnerables.

En este proceso de lucha antituberculosa vía sanatorios y organizada por el poder público, la Caja del Seguro Obligatorio, creada en el año 1924, comenzó a gestar en 1938 la idea de instalar un establecimiento en la zona de Las Vegas del Flaco, al interior de San Fernando, terreno que el gobierno de Arturo Alessandri había expropiado para usos de la salubridad nacional en el año 1935. El proyecto de la institución médico-previsional estaría constituido de un conjunto de hoteles y un sanatorio para los afiliados la Caja del Seguro Obligatorio, para lo cual se asignó una suma de 5.000.000 de pesos. El arquitecto del sanatorio fue Luciano Kulczewski, director de la Caja de Seguro hasta 1940. Ahora bien, conforme a estos antecedentes se configura un cuadro que, a nuestro juicio, nos conduce a pensar que ese plan puede ser considerado como una paradoja sanitaria en tanto colisionaba directamente tanto con los principios de la doctrina sanatorial moderna, como con los lineamientos de la política antituberculosa que la Caja había impulsado en la década de 1930

¿Qué nos mueve a elevar ese planteamiento?  Al respecto, podemos señalar un par de argumentos. Por un lado, se determinó que el establecimiento se situaría a más de 1.000 metros de altura sobre el nivel del mar, en un zona de muy difícil acceso, sobre todo en invierno, y muy distante de un centro urbano, todo lo cual contravenía abiertamente la doctrina moderna referente al diseño de sanatorios. Por otra parte, la obra contradecía una política que había explicitado la Caja  desde mediados del decenio en materia de política antituberculosa, eso es, privilegiar la prevención antes que la construcción de establecimientos sanatoriales, los cuales significaban cuantiosas inversiones. Para una institución que administraba una parte de los recursos económicos destinados a las seguridad social de los trabajadores del país, el buen manejo económico de ellos era una responsabilidad social de primer orden.

La propuesta se puso en marcha en 1938 con la aprobación en el congreso de los recursos correspondientes, naturalmente porque la historia también está hecha de contradicciones.

Sin embargo, hacia 1942 asomaron problemas en la construcción del ese edificio, los cuales fueron analizados en el Congreso Nacional por una comisión fiscalizadora del funcionamiento de la Caja del Seguro Obligatorio. Allí se informó que hacia fines de 1941, ya se había invertido 7.000.000 de pesos, solamente en la obra del sanatorio. Otros datos relevantes que surgieron en ese debate, fueron que, por un lado, el edificio se erigió a 1.750 metros, y, por otra parte, se ubicó extremadamente alejado de zonas urbanas. La Dirección de Asistencia Social fue una de las instituciones que expresamente hizo ver ese error.

En 1948, el presidente González Videla, en un mensaje al Congreso indicó que la construcción del sanatorio había demandado 9.000.000 de pesos, y que su edificación se debió paralizar por el elevado aumento de los materiales de construcción y el alza de los jornales. Estudios posteriores hicieron ver que la atención a los asegurados de la Caja en el sanatorio de las Termas del Flaco hubiese sido muy oneroso para la institución.

El terreno siguió siendo parte de la Caja, pero la entidad se asoció con un empresario para seguir adelante con el proyecto de hoteles que pudieran ser usado por los trabajadores para esparcimiento y vacaciones. Hacia fines de la década de 1940 el proyecto original había quedado sentenciado.

Finalmente, cabe consignar que en 1943, gracias a la controvertida investigación de Albert Schatz y Selman Waksman, se descubrió en EE.UU. la estreptomicina, una sustancia antibiótica que revolucionó el tratamiento para la tuberculosis e inauguró la era de la quimioterapia, etapa que desplazó hacia la obsolescencia a los sanatorios. Se puede especular que el sanatorio de las Termas del Flaco, como todos los establecimientos de esa índole, tenía su historia trazada de antemano, pero lo cierto es que a nuestro entender su construcción no llegó a buen término por problemas de planificación y de financiación. Una política de salud mal implementada diríamos hoy.

Las principales interrogantes que nos deja este caso son dos a nuestro parecer. ¿Por qué se decidió levantar un sanatorio para tuberculosos en una zona definitivamente poco apta para ello, habiendo experiencias concretas en Chile en el emplazamiento de esos establecimientos hacia 1938, punto de partida del proyecto de Termas del Flaco? ¿Por qué la Caja respaldó ese plan habida cuenta de su probada trayectoria en prevención antituberculosa, la cual incluso sirvió de fundamento para la elaboración de la icónica ley de medicina preventiva que impulsó Cruz Coke? ¿Existó una pugna entre la sección médica de la Caja y la dirección de la institución?

Esas son algunas interrogantes que esperamos despejar en el corto plazo. Por ahora, si usted tiene la oportunidad de visitar el abandonado edificio de Termas del Flaco, tenga presente que ante sus ojos luce no solo un monumento de nuestra historia sanitaria, sino de la lucha que nuestros antepasados dieron para erradicar el fenómeno tuberculoso y las enfermedades sociales en general, la cual en el fondo representó un esfuerzo por conquistar un desarrollo social y económico más inclusivo.

Una perspectiva a tener en cuenta en los debates que despierta la salud en nuestro siglo.

 


Marcelo López Campillay es Doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica e Instructor Adjunto del Programa de Estudios Médico Humanísticos de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Su línea de investigación aborda la historia de la salud y la enfermedad, siendo su tema principal el estudio de la tuberculosis. Publica el año 2015 “Medicina, política y bien común: 40 años de historia del Programa de Control de la Tuberculosis 1973-2013”, primer libro de la serie “Hitos de la Salud Pública en Chile”, de la Unidad de Patrimonio Cultural de la Salud del Ministerio de Salud.

 

PDF: El sanatorio para tuberculosos de las Termas del Flaco. Una frustración pública

 

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