Fui al congreso de la Asociación de Estudios Latino Americanos (LASA, por sus siglas en inglés) hace unas semanas. Nueva York se volvió esos días el epicentro de conversaciones tensas sobre eventos importantes que ocurrían en otros lugares: las crisis de los gobiernos de Maduro y Rousseff en Venezuela y Brasil, respectivamente, la segunda vuelta electoral en el Perú, y el “Brexit.” Una de las cosas que más me gustó de esas conversaciones fue notar la vitalidad que la historia le pone a los problemas contemporáneos. La corrupción, la tozudez de algunos dirigentes, y la política del miedo no nos son nuevos, y sin embargo siempre vale la pena preguntarse qué tienen de distinto y de semejante los problemas que afrontamos en el presente.

Al menos desde el 2009, la historia de la salud sexual y reproductiva ha sido otro de esos temas que retorna a ese congreso, cada vez más pleno y con contribuciones desde diversos rincones de América Latina. En esta ocasión, las ponencias vinieron desde Guatemala, Bolivia, Haití, Costa Rica, y Colombia, enriquecidas con las preguntas y comentarios de un público conocedor del tema en lugares como Perú, Puerto Rico y Chile, y que incluyeron temas relativos a los derechos sexuales y reproductivos, la violencia de género, las políticas de población, la fertilización artificial y la adopción. Puede que este periodo de efervescencia regional dé lugar, en algunos años, a alguna propuesta para combatir una excesiva fragmentación del campo pero, al menos por ahora, la multitud de perspectivas es una fuente de riqueza y una señal del dinamismo de este campo.

Más concretamente, me quiero detener en dos temas. El primero es el debate de hoy acerca de la liberalización del acceso al aborto. Casi todos nuestros países han tenido una relación reñida con el aborto terapéutico, es decir, aquel que se practica con participación médica con el propósito de evitar embarazos que puedan causarle la muerte o algún daño físico o mental a la gestante. Muchas de nuestras naciones legalizaron el aborto terapéutico a comienzos del siglo XX, sin resolver problemas claves que surgen al aplicar la ley, tales como la distinción de la gravedad de las circunstancias que justifican (o no) un aborto. Tal distinción sigue, en muchos casos, en manos de los médicos. Es importante reconocer que el juicio médico ha sido desde siempre un privilegio en el que el error y los sesgos tienen un papel tan clave como las buenas intenciones, el conocimiento y la evidencia. Países como Chile ahora se encuentran considerando preguntas como el lugar del aborto terapéutico tras una violación, con el apoyo de la Presidenta Bachelet. En el Perú, en cambio, un proyecto de ley para legalizar el aborto por violación no llegó a ser debatido en el pleno del Congreso, aunque estoy seguro de que la propuesta surgirá de nuevo en el futuro. Procedan o no estos cambios legales, los médicos seguirán jugando un rol importante en la provisión de abortos en un futuro cercano. Un tema para las agendas de investigación locales debe ser cómo las actitudes y prácticas de este gremio afectan o afectarán el acceso al aborto para mujeres que lo requieran.

Un segundo tema tiene que ver con la recientemente concluida elección presidencial en el Perú. Una de las fuentes de rechazo a la candidatura de Keiko Fujimori tuvo que ver con la memoria de la arbitrariedad y prepotencia del gobierno de su padre, el ahora preso Alberto Fujimori, al momento de poner en marcha varias de sus políticas. Una de las políticas más emblemáticas de Alberto Fujimori fue un pasivo contra la candidatura de su hija: la legalización de las esterilizaciones quirúrgicas, que a fines de los 90s condujo a cirugías abusivas, nocivas y faltas de cuidados apropiados contra mujeres que ya pertenecían a los grupos más periféricos en materia de ejercicio de derechos por toda América Latina. Con este episodio abro mi libro, La Planificación Familiar en el Perú del Siglo XX, recientemente publicado en español por el Instituto de Estudios Peruanos y el Fondo de Población de la Organización de las Naciones Unidas.

Lamentablemente, lo grotesco y dañino de aquel programa nos ha impedido considerar dos aspectos que no debemos descuidar. El primero es el hecho de que la esterilización quirúrgica, bien hecha, es un método anticonceptivo de gran efectividad y seguridad que debería ofrecerse, publicitarse y hacerse más asequible a personas que ya no quieren tener hijos. El escándalo de los 90s ha hecho más difícil difundir el conocimiento de una intervención que amplía nuestras opciones reproductivas, sobre todo las de los hombres. Segundo, a pesar de todo el daño que el programa de Fujimori causó, no me queda duda de que hubo mujeres satisfechas con las cirugías y servicios que recibieron. ¿Quién habla con ellas o de ellas? Tal vez debido a la delicadeza política de este tema, deberán ser los historiadores del futuro quienes retornen a él. Ninguna discusión acerca de ese programa tan mal implementado estará completa hasta que podamos hacer un balance que incluya aquello que tuvo de bueno.

 


Raúl Necochea López es Ph.D en Historia por la McGill University además de obtener un postdoctorado en University of Toronto Dalla Lana School of Public Health. Sus intereses abarcan la historia latinoamericana de la medicina, las ciencias y la tecnología. Ha abordado las prácticas científicas y políticas en torno a la salud reproductiva y sexual específicamente en el Perú. Es autor de “A History of Family Planning in Twentieth Century Peru“, versión que ha sido traducida al español el año 2016 “La planificación familiar en el Perú del siglo XX“. 

 

PDF: A veces me canso de ser historiador, pero luego voy…

 

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