Probablemente no hay una única razón que explique por qué muchos padres deciden no vacunar a sus hijos hoy, pues si bien es claro que son muchos los que factores influyen en dicha opción, lo cierto es que, esta resistencia a la vacunación apareció en el mismo momento en que comenzó a aplicarse la primera vacuna, es decir la vacuna contra la viruela difundida por Edward Jenner en 1786.

Una mirada histórica del problema nos muestra que el primer grupo anti vacuna surgió en 1798 en Boston y se llamó Anti-vaccination Society, sus argumentos, de índole religioso, planteaban que la vacuna desafiaba la voluntad divina, pues era herético introducir en el cuerpo del hombre una enfermedad contagiosa reservada a las vacas de una sola provincia de Inglaterra, de modo que con el fin de manifestar su rechazo hacia la vacuna de Jenner, en 1802 le encargaron al caricaturista James Gillray una obra llamada The Cowpox or the Wonderful Effects of the New Inoculation!, la cual ridiculizaba esta nueva técnica médica al poner en evidencia que la vacuna diluía la separación entre el mundo animal y humano, ya que representaba una doble transgresión: no solo mezclaba los humores humanos con los animales, sino los humores mórbidos de un animal preso de una infección en un hombre sano, cuyo efecto a largo plazo era totalmente desconocido. Otros argumentos que surgieron para desacreditar la vacuna, se vincularon incluso con razones de carácter político. En Francia, por ejemplo, se desconfió de ésta porque venía de los ingleses llegando a pensar que la vacuna era un artificio para engañar a los franceses y darles una nueva enfermedad.

En el Chile de inicios del siglo XIX estas discusiones europeas no tuvieron mucho eco, aunque no por ello la vacuna contó con una amplia aceptación. Las primeras vacunaciones se realizaron en 1805 y fueron recibidas con gran entusiasmo por unos, pero con gran esceptismo por otros, de modo que desde su llegada hubo resistencia y también indiferencia de la población a recibir el fluido. ¿Por qué? Básicamente porque se dudó de su efectividad. Al menos hasta 1830 no hubo grandes cuestionamientos filosóficos ni religiosos en torno a ella, de modo que las autoridades de inicios del siglo XIX intentaron persuadir a la población a través de la iglesia, los hacendados e incluso los jueces de que la vacuna era efectiva y que acudieran a recibirla.

Con el correr del tiempo la evidencia de la efectividad de la vacuna permitió que más y más personas aceptaran recibir el fluido, disipando las dudas y temores respecto a los graves efectos que podía causar en el ser humano. Sin embargo, ello no se tradujo en la desaparición de los conflictos en torno a la vacuna, por el contrario, éstos se reavivaron a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX cuando comenzó el debate en torno a si ésta debía ser obligatoria para toda la población. En esta oportunidad, los argumentos que se oponían a la vacuna ya no se relacionaban con la mezcla de humores humanos y animales, ni tampoco con su efectividad, (pues estaba claro que si inmunizaba contra la viruela), sino más bien con los cambios en las tendencias médicas, como fue el movimiento higienista, quienes planteaban que más que decretar la obligatoriedad de la vacuna, se debía limpiar las calles y aumentar el número de vacunadores, con lo cual la viruela desaparecería. El trasfondo de esto mostraba que el verdadero problema que la vacunación obligatoria planteaba era si podía el Estado forzar a las personas a hacer algo que ellas no querían hacer.
Esto nos da grandes luces respecto a por qué incluso hoy, donde toda la evidencia médica muestra la seguridad y efectividad de las vacunas, aún existen dudas en torno a ella. Pues claro, el problema no es ni ha sido la evidencia médica, si no que la vacuna, en tanto programa de salud pública, pone a la sociedad frente en la encrucijada de la libertad individual, el bien común y a las atribuciones que el Estado tiene en torno a estos temas.
¿Qué argumentos están en juego hoy frente a la decisión de no vacunar? Nuevamente emerge el problema de la libertad individual, pero esta vez frente al ideal de salud pública que estuvo tras los primeros planes de vacunación y que tuvo por objeto el bienestar de los ciudadanos, no de cada uno de ellos, sino del conjunto de ellos.

 


Paula Caffarena Barcenilla es Doctora en Historia por la Pontificia Universidad Católica y profesora de la Escuela de Historia, en la Facultad de Comunicaciones y Humanidades de la Universidad Finis Terrae. Sus investigaciones han abordado la difusión de la vacuna y de las prácticas de inmunización contra la viruela en Chile, entre los años 1780 y 1830 desde un enfoque que combina la historia de las ciencias y la historia global.

 

PDF: Vacuna y salud pública. Una mirada histórica a los miedos y resistencias.

 

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